jueves, 3 de diciembre de 2009

"Por Dios que esta bacía es buena ...."








Por Dios, que esta bacía es buena y que vale un real de a ocho como un maravedí

Así se dirigía Sancho a Don Quijote en el capítulo XXI “que trata de la alta aventura y rica ganancia del yelmo de Mambrino, con otras cosas sucedidas a nuestro invencible caballero
Como la primera edición del Quijote se publicó en 1605, este año se conmemora el cuarto centenario de ella. Sirvan estas letras como un pequeño homenaje de nuestra revista “El Barrero” a tan magno acontecimiento.


La referencia inicial es una frase hecha que indica que el maravedí era una moneda valiosa, pero no en este momento sino con anterioridad; y así es, pues el primer maravedí fue el acuñado por Alfonso VIII en Toledo, y era de oro.
En este momento de 1605 sería mejor aplicar otra frase, ahora en “El juez de los divorcios”: … y dellos y de la dote, si me muriese agora, no os dejaría valor de un maravedí, porque veais el valor que os tengo”.

Ahora el maravedí se asocia a algo de poco valor, pero no hay que extrañarse, pues esto sería sólo el inicio de una serie de devaluaciones a lo largo del siglo XVII.


La situación política con los Austrias es conocida por todos como gloriosa pero económicamente se puede calificar como de calamitosa. Las guerras, la peste, el abandono de la agricultura y la ganadería, y la emigración a América son, entre otras, las causas de la desastrosa situación de la Hacienda Pública que llevó a la aparición de un hecho curioso, el resello de la moneda usada por el pueblo llano, la moneda de vellón (aleación de cobre con un 10 % aprox. de plata)


El 13 de julio de 1602 se decreta “...que la moneda de vellón que en adelante se labrare fuese sin liga ni mezcla de plata y de la mitad del peso de la que agora corre...”
Y el 18 de septiembre de 1603 se decreta el resello de toda la moneda de vellón en circulación. Las piezas afectadas eran de 2 y 4 maravedíes de los Reyes Católicos, de Felipe II y del mismo Felipe III, pero siempre anteriores a esa fecha, lógicamente.

Pues bien, de esta forma las piezas de 2 maravedíes pasan a valer 4, y las de 4 pasan a valer 8.

La operación queda plasmada en un resello circular por una cara y sin fecha; aparece el valor en números romanos (IIII u VIII) con una corona encima, y debajo la marca de la ceca.


Las fechas de las monedas de la primera foto son interesantísimas pues como sabemos el “Quijote” lo escribió Cervantes mientras permaneció preso, lo que ocurrió entre 1601 y 1603, fechas casi coincidentes en el caso de la segunda con su acuñación y el posterior resello, por lo que podemos inducir que “Don Miguel sostenía la pluma, comenzó y terminó de escribir el Quijote entre las dos fechas de esa moneda”.


En la tercera y cuarta fotos tenemos las dos caras de 8 maravedíes del 1606, resellados posteriormente. En este caso podríamos decir que los primeros ejemplares del Quijote estaban recién impresos y se encontraban aún “calientes”.


La proceso del resellado de 1603 supuso la recogida de todo el numerario y su transporte a las cecas oficiales y a los talleres habilitados para ello; fue necesaria la colaboración de entidades y “contratados” al expreso.

Pero no olvidemos, se trataba de que en el taller entra una moneda, se le dá un golpe y sale con el doble de su valor. Visto así, decir que supuso un beneficio bruto para el Estado de 875 millones de maravedíes, pero claro, era la salida más fácil por parte del mismo para hacerse con fondos. La realidad fue otra, el envilecimiento artificial de la moneda al aumentar el valor sin modificar el contenido del metal originó una escalada de precios que afectó a las clases más humildes, y la suspensión de pagos de la Hacienda Pública en 1607.


Como los españoles no aprendemos de la historia y seguimos tropezando en la misma piedra, las operaciones de resellado no habían hecho más que comenzar y se siguieron produciendo casi ininterrumpidamente durante más de 50 años.





Fotos 1 y 2: Anversos de resellos de 4 y de 8 maravedíes consecuencia del decreto de 1603. El primero se realiza en Sevilla sobre 2 maravedíes de los Reyes Católicos, y el segundo en Granada sobre 4 maravedíes del propio Felipe III acuñados originalmente en Segovia en 1600.


Fotos 3 y 4: Anverso y reverso de ocho maravedíes de Felipe III de 1606 acuñados en Segovia. Posterior resello de 12 maravedíes.






Publicado en la revista El Barrero en julio de 2005




martes, 1 de diciembre de 2009

La reina de las monedas españolas






En la etapa de los Austrias y los Borbones hasta la Revolución del 1878 las unidades representativas, ya lo hemos comentado en otras ocasiones, eran el maravedí, el real y el escudo según el metal empleado. La primeras piezas americanas de oro conocidas son del 1627, concretamente doblones (2 escudos) de ceca de Nuevo Reino de Granada, actualmente Colombia.
Hoy hablaremos de la pieza máxima, los 8 escudos u onza, y nos vamos a detener con una onza de Carlos III de 1784 acuñada en Lima. La primera onza americana es de 1659, precisamente de la ceca de Lima.
Es la moneda reina de la numismática española por su tamaño, por su valor y por su belleza. El pueblo rápidamente la denominó onza y pelucona. El apelativo de onza viene determinado por el peso. Sería una perogrullada decir que una onza pesa una onza, pero así es. La onza es la doceava parte de la libra (327 gramos), y su peso legal debía ser 27´064 gramos, con un diámetro de 36-37 mm. aproximadamente.
El segundo apelativo de pelucona se debe a la peluca que introdujo Felipe V, su padre, al puro estilo francés.


Con respecto a la ley empleada en su fabricación fue cambiando a la baja. La Ordenanza de 1728 normalizó la situación con monedas de oro de 22 quilates (de 24 partes 22 son de oro), y en 1771, ya con Carlos III, pasa a 21´42 quilates. Una onza de oro es un tesoro siempre.


El retrato de Carlos III que aparece en ésta es el séptimo y último que vemos en las onzas, y lo encontramos en todas las cecas de ese momento que emitían oro, tanto peninsulares (Madrid y Sevilla) como americanas (Guatemala, Méjico, Nuevo Reino, Popayán, Potosí, Santiago y, como ésta, Lima).


La Pragmática de 29 de mayo de 1772 establece los tipos a fabricar a partir de ese momento, y concretamente dice así para los escudos: “...mi Real busto, armado, vestido y con manto real y alrededor estas letras Carol III D G Hisp. et Ind. R y debajo el año que se fabrique”. Pues esa frase es exactamente la que nos encontramos:

Anverso: “CAROL III D G HISP ET IND R - 1784”
“Carlos III por la Gracia de Dios, Rey de las Españas y de las Indias”
Reverso: “IN UTROQ FELIX AUSPICE DEO – LME – MI – 8 - S
“Bajo la mirada de Dios, felices en uno y otro mundo”

La ceca aparece como LME en anagrama, Lima, y las iniciales MI son las de los ensayadores Manuel Iglesias Abarca e Ignacio Zerón Gálvez, que estuvieron en el cargo desde 1780 a 1787. Y por último 8-S, 8 escudos (S, la inicial de scutus, escudo en latín).


El reverso es precioso: Un escudo de dominios que encontramos en muchos edificios públicos de la época, con las siguientes armas, comenzando por arriba a la izquierda y siguiendo hacia la derecha: Aragón, Dos Sicilias, Austria, Borgoña (moderno), ducado de Toscana, Brabante, Tirol, Flandes, Borgoña (antiguo) y ducado de Parma. En el centro Castilla y León alternados, y abajo Granada. Y totalmente en el centro, las tres flores de lis de Anjou. Encima la corona real, y alrededor el collar de la Orden del Toisón del Oro, de la que es jefe el rey de España.


Las piezas de oro de este sistema son: 8 escudos (onza), 4 (media onza), 2 (doblón), 1 y ½ escudo (durillo). La pieza menor correspondía al duro de plata antiguo (8 reales)
Como referencias, La Carlota y La Carolina fueron fundadas en 1767, La Luisiana un año después, y el Motín de Esquilache se produjo un año antes.
Y muy interesante la leyenda del reverso.

Publicado en la revista El Barrero en diciembre de 2007



miércoles, 25 de noviembre de 2009

Se lió el dos de mayo







Es un dicho que todos sabemos lo que significa y que es aplicado a numerosas situaciones. La referencia es el dos de mayo de 1808, por lo que dentro de unos días habrán pasado exactamente 200 años.
Quizás a alguien haya que explicarle que en ese momento se produjo una sublevación del pueblo contra el invasor francés (el apelativo más usual era el de gabachos). Una sublevación que dio la vuelta a toda la vida nacional y que se prolongó hasta 1814 en el que por fin el suelo hispano se vio libre de la presencia de tropas extranjeras.
El registro numismático es el fiel reflejo de la situación pues se pasa de la presencia en nuestra moneda de la efigie del monarca Borbón, Carlos IV, a la de José Bonaparte y Fernando VII.


La primera moneda que observamos es del año 1808 y corresponde por tanto al mismo año de la invasión.
Como detalles tenemos que el ordinal no aparece como IV sino como IIII, que está acuñada en Potosí, que aún sigue utilizándose el latín, y que está taladrada. Lo del taladro es muy curioso porque no hay que considerarlo como el capricho de algún chaval aburrido, sino que se trata de un agujero realizado para ensartarlas posiblemente en un cordón de cuero. Era un monedero de la época. Esta costumbre se remonta a los árabes, de los que se encuentran numerosas monedas con dos. Son cuatro reales de los llamados antiguos (la pieza superior, de 8 reales, era un duro). Medio duro por tanto. La procedencia de la plata en ese momento era de Potosí, como en este caso, y sobre todo de Méjico. Las siglas PJ que se ven en el reverso corresponden a los ensayadores Pedro Prudencio de Esquerrenea y Juan Palomo y Sierra.


Al año siguiente, 1809, ha desaparecido el titular legítimo y tenemos ya a José Bonaparte, el hermano de Napoleón, apodado por los españoles como Pepe “Botella”. El escudo del reverso es muy interesante ya que aparece en el centro el escudete del águila imperial francesa; y sobre todo es interesante esta pieza al aparecer como valor facial 20 reales, es decir un duro, ahora ya con el nuevo sistema. A los reales antiguos (8 reales = un duro) se les llamaba “reales de plata”; en cambio con el nuevo sistema (20 reales = un duro) se les llamaba “reales de vellón”. De ahí lo importante de que el pueblo denominase a estas piezas como “duros” porque de esa forma no había equivocaciones.
Pero la cosa no se quedó ahí porque la resistencia al francés apareció rápidamente como sabemos.


La tercera son 5 pesetas acuñadas en Tarragona también en 1809. La diferencia con las anteriores es evidente. En primer lugar tenemos una apariencia sencilla, resultado de haber sido acuñada en situación de emergencia, pues estas ciudades se encontraban cercadas por las tropas francesas (¿Os acordáis de Agustina de Aragón?). En segundo lugar el titular es Fernando VII, apodado en estos momentos como “El Deseado”. Claro, se desea lo que no se tiene, pero más tarde los liberales (es muy sencillo, los partidarios de la igualdad y la libertad) le denominaron “El rey felón” porque durante la contienda pactó con los enemigos de España y terminó aboliendo la Constitución de 1812. Si recontamos de entonces a hoy los gobernantes felones que hemos tenido encontramos como mínimo a otro.
Y en tercer lugar el valor facial es 5 pesetas, con lo cual tenemos cerrado el círculo de las equivalencias:
8 reales antiguos = 20 reales nuevos = 1 duro = 5 pesetas


Dos reflexiones:
El dos de mayo representa una idea de pueblo que en estos momentos se encuentra en entredicho.
Los españoles no necesitamos que ningún ejército extranjero tenga su cuartel en nuestro suelo, incluso con el pretexto de venir a ayudarnos. Pero esto también puede ser aplicado en el sentido inverso por lo que, en mi modesta opinión, nuestras tropas sería conveniente se quedasen dentro de nuestro suelo. En casi todas las circunstancias. Con que nos defiendan de nuestros vecinos belicosos es suficiente.



Publicado en la revista de El Barrero en abril de 2008