jueves, 3 de diciembre de 2009

"Por Dios que esta bacía es buena ...."








Por Dios, que esta bacía es buena y que vale un real de a ocho como un maravedí

Así se dirigía Sancho a Don Quijote en el capítulo XXI “que trata de la alta aventura y rica ganancia del yelmo de Mambrino, con otras cosas sucedidas a nuestro invencible caballero
Como la primera edición del Quijote se publicó en 1605, este año se conmemora el cuarto centenario de ella. Sirvan estas letras como un pequeño homenaje de nuestra revista “El Barrero” a tan magno acontecimiento.


La referencia inicial es una frase hecha que indica que el maravedí era una moneda valiosa, pero no en este momento sino con anterioridad; y así es, pues el primer maravedí fue el acuñado por Alfonso VIII en Toledo, y era de oro.
En este momento de 1605 sería mejor aplicar otra frase, ahora en “El juez de los divorcios”: … y dellos y de la dote, si me muriese agora, no os dejaría valor de un maravedí, porque veais el valor que os tengo”.

Ahora el maravedí se asocia a algo de poco valor, pero no hay que extrañarse, pues esto sería sólo el inicio de una serie de devaluaciones a lo largo del siglo XVII.


La situación política con los Austrias es conocida por todos como gloriosa pero económicamente se puede calificar como de calamitosa. Las guerras, la peste, el abandono de la agricultura y la ganadería, y la emigración a América son, entre otras, las causas de la desastrosa situación de la Hacienda Pública que llevó a la aparición de un hecho curioso, el resello de la moneda usada por el pueblo llano, la moneda de vellón (aleación de cobre con un 10 % aprox. de plata)


El 13 de julio de 1602 se decreta “...que la moneda de vellón que en adelante se labrare fuese sin liga ni mezcla de plata y de la mitad del peso de la que agora corre...”
Y el 18 de septiembre de 1603 se decreta el resello de toda la moneda de vellón en circulación. Las piezas afectadas eran de 2 y 4 maravedíes de los Reyes Católicos, de Felipe II y del mismo Felipe III, pero siempre anteriores a esa fecha, lógicamente.

Pues bien, de esta forma las piezas de 2 maravedíes pasan a valer 4, y las de 4 pasan a valer 8.

La operación queda plasmada en un resello circular por una cara y sin fecha; aparece el valor en números romanos (IIII u VIII) con una corona encima, y debajo la marca de la ceca.


Las fechas de las monedas de la primera foto son interesantísimas pues como sabemos el “Quijote” lo escribió Cervantes mientras permaneció preso, lo que ocurrió entre 1601 y 1603, fechas casi coincidentes en el caso de la segunda con su acuñación y el posterior resello, por lo que podemos inducir que “Don Miguel sostenía la pluma, comenzó y terminó de escribir el Quijote entre las dos fechas de esa moneda”.


En la tercera y cuarta fotos tenemos las dos caras de 8 maravedíes del 1606, resellados posteriormente. En este caso podríamos decir que los primeros ejemplares del Quijote estaban recién impresos y se encontraban aún “calientes”.


La proceso del resellado de 1603 supuso la recogida de todo el numerario y su transporte a las cecas oficiales y a los talleres habilitados para ello; fue necesaria la colaboración de entidades y “contratados” al expreso.

Pero no olvidemos, se trataba de que en el taller entra una moneda, se le dá un golpe y sale con el doble de su valor. Visto así, decir que supuso un beneficio bruto para el Estado de 875 millones de maravedíes, pero claro, era la salida más fácil por parte del mismo para hacerse con fondos. La realidad fue otra, el envilecimiento artificial de la moneda al aumentar el valor sin modificar el contenido del metal originó una escalada de precios que afectó a las clases más humildes, y la suspensión de pagos de la Hacienda Pública en 1607.


Como los españoles no aprendemos de la historia y seguimos tropezando en la misma piedra, las operaciones de resellado no habían hecho más que comenzar y se siguieron produciendo casi ininterrumpidamente durante más de 50 años.





Fotos 1 y 2: Anversos de resellos de 4 y de 8 maravedíes consecuencia del decreto de 1603. El primero se realiza en Sevilla sobre 2 maravedíes de los Reyes Católicos, y el segundo en Granada sobre 4 maravedíes del propio Felipe III acuñados originalmente en Segovia en 1600.


Fotos 3 y 4: Anverso y reverso de ocho maravedíes de Felipe III de 1606 acuñados en Segovia. Posterior resello de 12 maravedíes.






Publicado en la revista El Barrero en julio de 2005




martes, 1 de diciembre de 2009

La reina de las monedas españolas






En la etapa de los Austrias y los Borbones hasta la Revolución del 1878 las unidades representativas, ya lo hemos comentado en otras ocasiones, eran el maravedí, el real y el escudo según el metal empleado. La primeras piezas americanas de oro conocidas son del 1627, concretamente doblones (2 escudos) de ceca de Nuevo Reino de Granada, actualmente Colombia.
Hoy hablaremos de la pieza máxima, los 8 escudos u onza, y nos vamos a detener con una onza de Carlos III de 1784 acuñada en Lima. La primera onza americana es de 1659, precisamente de la ceca de Lima.
Es la moneda reina de la numismática española por su tamaño, por su valor y por su belleza. El pueblo rápidamente la denominó onza y pelucona. El apelativo de onza viene determinado por el peso. Sería una perogrullada decir que una onza pesa una onza, pero así es. La onza es la doceava parte de la libra (327 gramos), y su peso legal debía ser 27´064 gramos, con un diámetro de 36-37 mm. aproximadamente.
El segundo apelativo de pelucona se debe a la peluca que introdujo Felipe V, su padre, al puro estilo francés.


Con respecto a la ley empleada en su fabricación fue cambiando a la baja. La Ordenanza de 1728 normalizó la situación con monedas de oro de 22 quilates (de 24 partes 22 son de oro), y en 1771, ya con Carlos III, pasa a 21´42 quilates. Una onza de oro es un tesoro siempre.


El retrato de Carlos III que aparece en ésta es el séptimo y último que vemos en las onzas, y lo encontramos en todas las cecas de ese momento que emitían oro, tanto peninsulares (Madrid y Sevilla) como americanas (Guatemala, Méjico, Nuevo Reino, Popayán, Potosí, Santiago y, como ésta, Lima).


La Pragmática de 29 de mayo de 1772 establece los tipos a fabricar a partir de ese momento, y concretamente dice así para los escudos: “...mi Real busto, armado, vestido y con manto real y alrededor estas letras Carol III D G Hisp. et Ind. R y debajo el año que se fabrique”. Pues esa frase es exactamente la que nos encontramos:

Anverso: “CAROL III D G HISP ET IND R - 1784”
“Carlos III por la Gracia de Dios, Rey de las Españas y de las Indias”
Reverso: “IN UTROQ FELIX AUSPICE DEO – LME – MI – 8 - S
“Bajo la mirada de Dios, felices en uno y otro mundo”

La ceca aparece como LME en anagrama, Lima, y las iniciales MI son las de los ensayadores Manuel Iglesias Abarca e Ignacio Zerón Gálvez, que estuvieron en el cargo desde 1780 a 1787. Y por último 8-S, 8 escudos (S, la inicial de scutus, escudo en latín).


El reverso es precioso: Un escudo de dominios que encontramos en muchos edificios públicos de la época, con las siguientes armas, comenzando por arriba a la izquierda y siguiendo hacia la derecha: Aragón, Dos Sicilias, Austria, Borgoña (moderno), ducado de Toscana, Brabante, Tirol, Flandes, Borgoña (antiguo) y ducado de Parma. En el centro Castilla y León alternados, y abajo Granada. Y totalmente en el centro, las tres flores de lis de Anjou. Encima la corona real, y alrededor el collar de la Orden del Toisón del Oro, de la que es jefe el rey de España.


Las piezas de oro de este sistema son: 8 escudos (onza), 4 (media onza), 2 (doblón), 1 y ½ escudo (durillo). La pieza menor correspondía al duro de plata antiguo (8 reales)
Como referencias, La Carlota y La Carolina fueron fundadas en 1767, La Luisiana un año después, y el Motín de Esquilache se produjo un año antes.
Y muy interesante la leyenda del reverso.

Publicado en la revista El Barrero en diciembre de 2007



miércoles, 25 de noviembre de 2009

Se lió el dos de mayo







Es un dicho que todos sabemos lo que significa y que es aplicado a numerosas situaciones. La referencia es el dos de mayo de 1808, por lo que dentro de unos días habrán pasado exactamente 200 años.
Quizás a alguien haya que explicarle que en ese momento se produjo una sublevación del pueblo contra el invasor francés (el apelativo más usual era el de gabachos). Una sublevación que dio la vuelta a toda la vida nacional y que se prolongó hasta 1814 en el que por fin el suelo hispano se vio libre de la presencia de tropas extranjeras.
El registro numismático es el fiel reflejo de la situación pues se pasa de la presencia en nuestra moneda de la efigie del monarca Borbón, Carlos IV, a la de José Bonaparte y Fernando VII.


La primera moneda que observamos es del año 1808 y corresponde por tanto al mismo año de la invasión.
Como detalles tenemos que el ordinal no aparece como IV sino como IIII, que está acuñada en Potosí, que aún sigue utilizándose el latín, y que está taladrada. Lo del taladro es muy curioso porque no hay que considerarlo como el capricho de algún chaval aburrido, sino que se trata de un agujero realizado para ensartarlas posiblemente en un cordón de cuero. Era un monedero de la época. Esta costumbre se remonta a los árabes, de los que se encuentran numerosas monedas con dos. Son cuatro reales de los llamados antiguos (la pieza superior, de 8 reales, era un duro). Medio duro por tanto. La procedencia de la plata en ese momento era de Potosí, como en este caso, y sobre todo de Méjico. Las siglas PJ que se ven en el reverso corresponden a los ensayadores Pedro Prudencio de Esquerrenea y Juan Palomo y Sierra.


Al año siguiente, 1809, ha desaparecido el titular legítimo y tenemos ya a José Bonaparte, el hermano de Napoleón, apodado por los españoles como Pepe “Botella”. El escudo del reverso es muy interesante ya que aparece en el centro el escudete del águila imperial francesa; y sobre todo es interesante esta pieza al aparecer como valor facial 20 reales, es decir un duro, ahora ya con el nuevo sistema. A los reales antiguos (8 reales = un duro) se les llamaba “reales de plata”; en cambio con el nuevo sistema (20 reales = un duro) se les llamaba “reales de vellón”. De ahí lo importante de que el pueblo denominase a estas piezas como “duros” porque de esa forma no había equivocaciones.
Pero la cosa no se quedó ahí porque la resistencia al francés apareció rápidamente como sabemos.


La tercera son 5 pesetas acuñadas en Tarragona también en 1809. La diferencia con las anteriores es evidente. En primer lugar tenemos una apariencia sencilla, resultado de haber sido acuñada en situación de emergencia, pues estas ciudades se encontraban cercadas por las tropas francesas (¿Os acordáis de Agustina de Aragón?). En segundo lugar el titular es Fernando VII, apodado en estos momentos como “El Deseado”. Claro, se desea lo que no se tiene, pero más tarde los liberales (es muy sencillo, los partidarios de la igualdad y la libertad) le denominaron “El rey felón” porque durante la contienda pactó con los enemigos de España y terminó aboliendo la Constitución de 1812. Si recontamos de entonces a hoy los gobernantes felones que hemos tenido encontramos como mínimo a otro.
Y en tercer lugar el valor facial es 5 pesetas, con lo cual tenemos cerrado el círculo de las equivalencias:
8 reales antiguos = 20 reales nuevos = 1 duro = 5 pesetas


Dos reflexiones:
El dos de mayo representa una idea de pueblo que en estos momentos se encuentra en entredicho.
Los españoles no necesitamos que ningún ejército extranjero tenga su cuartel en nuestro suelo, incluso con el pretexto de venir a ayudarnos. Pero esto también puede ser aplicado en el sentido inverso por lo que, en mi modesta opinión, nuestras tropas sería conveniente se quedasen dentro de nuestro suelo. En casi todas las circunstancias. Con que nos defiendan de nuestros vecinos belicosos es suficiente.



Publicado en la revista de El Barrero en abril de 2008

lunes, 23 de noviembre de 2009

Los huracanes del Caribe






El Reino de Portugal formó parte de la corona española desde el año 1580 hasta el 1640. En el primero Felipe II heredó sus territorios por ser nieto del monarca lusitano Don Manuel. En el segundo es proclamado rey de Portugal el duque de Braganza con el nombre de Juan IV.
Numismáticamente se dan dos circunstancias en ese espacio de tiempo: 1º/ la moneda portuguesa se acuña a nombre del monarca común, 2º/ la moneda española incorpora el escudete con las quinas de Portugal en la parte central-superior del escudo de dominios, fundamentalmente en las cecas de Sevilla, Toledo y Madrid.
Hecho este preámbulo pasamos a estudiar la moneda de la foto, que tiene una historia interesantísima.


Procede de un naufragio frente a Cabo Cañaveral, en el Caribe, y en un análisis superficial vemos que es tosca, de tipo macuquino (comunes en Potosí y Lima) y bastante gastada. Igualmente vemos el escudete de las quinas portuguesas en el centro del escudo. No se aprecia ningún resto de su escritura. Por el peso, 27´4 gramos, son 8 reales.


Todo apunta a que esta moneda pertenece a la llamada “flota del oro” mandada por el capitán general de la Flota de Veracruz Juan Esteban de Ubilla que, el día 30 de julio de 1715, se hundió por un ciclón tropical a la altura del Cabo Cañaveral (después Cabo Kennedy). El día 24 de julio había salido de La Habana en dirección a Florida antes de girar hacia el Este y adentrarse en el Atlántico aprovechando los vientos contralisios. Se hundieron todos los barcos, entre ellos el “Grifón”, y sólo se salvó el “Urca de Lima”. El capitán Ubilla pereció. El viaje realizado se señala en el mapa con líneas continuas, así como el que no se llevó a cabo con discontinuas. Partiendo de Potosí (hoy en Bolivia) posiblemente se embarcó en Cartagena de Indias (Venezuela) hacia La Habana, donde se concentraban los tesoros para su posterior destino a la península; la entrada se debía producir en Sanlúcar de Barrameda, y por el Guadalquivir hasta Sevilla.


En noviembre de 1972 la casa Schulman de Nueva York subastó 2000 lotes de monedas recuperadas por los buscadores de tesoros. De ahí procede esta moneda.
La pregunta surge fácil: ¿Cómo realizaba el viaje de las Indias a España? ¿Qué hacía esta moneda en esa flota si en principio las que llevan el escudo portugués incorporado como hemos dicho se habían acuñado en la península?


No hay regla sin excepción. Sólo en una ceca y en un año se acuñó moneda con el escudo de Portugal en las Indias, en Potosí en el año 1638, siendo el ensayador Pedro Treviño. Es decir que esta moneda sí llevaba el viaje adecuado cuando su galeón se fue a pique por la tormenta.
Las grietas son consecuencia de la acuñación a martillo realizada con mucha prisa, lo que nos da idea de que era más importante la cantidad de moneda acuñada que la calidad del resultado; y las manchas negras son restos de oxidaciones marinas a pesar de una exhaustiva limpieza.
Estas piezas son muy escasas porque la mayor parte de la plata que se producía en las Indias tenía como destino el pago de los salarios de los Tercios de Flandes; se transportaba en lingotes y se acuñaban en las cecas de los Países Bajos.
Muchas veces nos hablan de las tempestades o los corsarios y creemos que son fabulaciones y cosas de las películas. Pues no, y aquí tenemos la prueba.


La ley de las monedas de plata de la época acuñadas en Potosí y Lima era muy baja, no superior a 800 milésimas, por lo que Felipe IV ordenó cambiar los tipos en 1650 (Reales Cédulas) para solucionar el descrédito de la moneda de las Indias. Desapareció así este tipo con escudo en anverso y cruz en reverso para dar paso a las monedas llamadas columnarios.


Ésta sería su leyenda completa: PHILIPPVS IIII DG - TR - 8 // HISPANIARVM REX 1638


Muy pocas veces el Estado Español hace valer sus derechos ante estos hallazgos cuyo propietario legítimo es precisamente él, al margen de los derechos de los descubridores. En este caso son coleccionistas privados los que hacen que piezas como ésta vuelvan a estar en España. Al escribir estas líneas la empresa Odyssey ha encontrado algo así como 500,000 monedas de oro y plata de un galeón hundido cerca del estrecho … que si no eran aguas españolas … que si el galeón era inglés … que si no tenían permiso para buscar …Lo que sí es seguro es que a nuestro gobierno lo ningunean todos, que probablemente nos quedaremos sin nada y que el Ministro de Exteriores y la Consejera de Cultura justificarán lo bien que lo han hecho.


Publicado en la revista El Barrero en agosto de 2007

Yo fui testigo

En la década de los 50 mis padres le compraron a un familiar de Gerardo Arévalo una casa en la calle José Antonio, 26 (hoy calle Andalucía). En ella vivían los hermanos Rafalita y Gabriel Herrador Moreno -“Chacarrá” éste último para entendernos-, solteros ambos en ese momento; otra hermana era Angelita que tenía un pequeño comercio en la calle San Sebastián enfrente de la taberna de Sixto. Acababan por entonces de hacerse las “casas baratas” de la carretera de la estación, donde estaba previsto se trasladasen Rafalita y Gabriel por habérseles concedido una.
Estos hechos no tendrían ninguna importancia en sí mismos, pero dos de los personajes serán protagonistas de la historia que les voy a relatar.

Por entonces era cura párroco en Espiel Don Antonio Alacid Caballero, persona buena donde las haya y querida por todos. Igual se relacionaba con Don Mariano “el del Castillo” que se le veía charlando en la zapatería de Leocadio.
Don Antonio, que era muy aficionado a la caza, salió un día con “Chacarrá” y parece ser que se puso enfermo en el campo; se dijo que Don Antonio se apoyó con su brazo sobre el hombro de su amigo, que le ayudó a llegar andando hasta el pueblo.
Lo que yo sí sé es que a los niños se nos decía que no jugásemos ni gritásemos en la cuesta de la iglesia, donde vivía, para no molestarlo, porque estaba muy malo. Y Don Antonio se murió. Corría el año 1956.

Pasó un tiempo y comenzó a extenderse por el pueblo la noticia de que “la mano de Don Antonio se había aparecido en la chaqueta de Chacarrá”. Era la chaqueta que él llevaba puesta cuando el cura se puso enfermo, y sobre la cual apoyó su brazo en la ayuda que le prestó.
Los niños lo oíamos pero yo por lo menos no me atreví a hacer preguntas o averiguaciones. Era algo trascendente a la vez que misterioso. La imaginación infantil corría y hacía todo tipo de interpretaciones que comentábamos entre nosotros.
Transcurridos varios meses o quizás un año y yendo en compañía de Joaquín Madrid, pasamos ambos por la puerta de la casa de Rafalita, ya en su casa nueva de la carretera. Ella estaba asomada a la puerta. Y a Joaquín, sin duda mucho más atrevido que yo, no se le ocurrió decirle otra cosa que:

“Rafalita, ¿por qué no nos enseñas la chaqueta de la mano de Don Antonio?”
a lo que ella seguidamente y sin dudar respondió:
“Pasad pa dentro”, a la vez que se daba la vuelta y se introducía en su casa.

Nosotros entramos y le seguimos. Estaba sola en su casa (Gabriel, que era minero, o estaría en la mina o durmiendo si habría tenido turno de noche). Llegó hasta un baúl situado junto a la pared de la derecha, lo abrió y comenzó a sacar prendas. En el fondo del mismo había una chaqueta (se decía entonces chambra) de algodón totalmente arrugada de color gris oscuro, casi marengo, que extendió sobre la mesa estufa. Cogió un vaso de agua y tomó un sorbo. A continuación sopló con fuerza en dirección a la chaqueta, saliendo de su boca una nube de minúsculas gotas de agua (esta operación se realizaba antes de planchar y sustituía a lo que hoy es la plancha de vapor).
Instantáneamente apareció sobre la chaqueta una mano abierta. O mejor dicho, la sombra de una mano abierta. Era una mano derecha grande en la que se apreciaba incluso el puente de la primera falange del dedo pulgar.
Era como la huella que podamos dejar con la mano mojada sobre la pared o sobre una tela. Mi corazón subió de latidos y me imagino que el de Joaquín no se quedaría atrás.
Yo estuve algún tiempo sin pasar por la puerta de la casa de Rafalita. Y con el tiempo también en el pueblo fue dejándose de hablar de ello.

El verano pasado conversé con José Félix en una visita que nos hizo a la Huerta, y resulta que no tenía ningún conocimiento de esta historia de nuestro pueblo, quedando muy intrigado.
Y recientemente coincidí en casa de Olimpia con María, la sobrina de Don Antonio, con la que lo volví a comentar. Ella me dijo que a ellos no se les mostró la chaqueta. Reflexionando sobre las dos circunstancias llegué a la conclusión por una parte de que no éramos muchos los que fuimos testigos de este hecho singular, y de otra, de que se encontraba prácticamente en el olvido, razones que me han movido a escribir estas líneas.

Siempre que comento este hecho tan extraordinario a algún conocido o amigo, al final siempre se me hace la misma pregunta:
“Y qué fue de la chaqueta?”
Esta pregunta me recuerda siempre la que se hace en el maravilloso cuento “Maese Pérez el organista” del andaluz Bécquer: “¿Y que pasó con el órgano?”. No sé la respuesta pero posiblemente sea la misma que la del cuento.


Publicado en la revista de El Barrero en abril de 2003

domingo, 22 de noviembre de 2009

Tanto Monta






De vez en cuando cae en tus manos una moneda que te permite disfrutar al irle poco a poco desentrañando la información que atesora. Y cada vez que te detienes a observarla ves detalles nuevos que te permiten reflexionar sobre ellos, consultar la opinión de expertos y sacar conclusiones . Y como ejemplo esta moneda de la que hoy disfrutaremos.


Con los Reyes Católicos se inicia una época numismática única en el mundo en cuanto a la calidad y abundancia de la moneda acuñada, fruto del resurgir económico que comienza a aparecer en el país. Esta pieza tiene un diámetro, un peso y una ley no conocidos hasta entonces en la península. Y a la vez se dan otras circunstancias originales y curiosas con los Reyes Católicos tales como el que algunas de sus acuñaciones se prolongaron hasta el reinado de Felipe II. Dicho de otra forma, muchas monedas emitidas por Carlos I y Felipe II llevan inscritos como titulares a los Reyes Católicos.


¿Sería esta moneda que hoy vemos una de las afectadas, y que aunque su titulares sean Fernando e Isabel no corresponda a ellos sino a su nieto o bisnieto? Ahí radica una de las características de la investigación numismática, que nos puede llevar al conocimiento real de nuestra historia. El análisis de esta pieza nos revela datos interesantísimos. Se lee en ella:


Anverso: FERNANDVS ET ELISABET DE (Fernando e Isabel)
Reverso: REX ET REGINA CASTELE LEGION (Rey y Reina de Castilla León)


Peso: 13´6 gr. Diámetro: 34´7 mm. Metal: plata, ley 11 dineros 4 granos (sistema duodecimal de la época que equivalen a 930´551 milésimas)
Son 4 reales de los Reyes Católicos, de la ceca de Sevilla, y sin datar.


La marca de la ceca de Sevilla es precisamente una S mayúscula que aparece a la izquierda del escudo, y el valor de 4 reales se identifica por los cuatro palitos a la derecha del mismo.


En el reino de Castilla-León durante los Reyes Católicos hay dos etapas monetarias, anterior y posterior a la conquista de Granada, identificadas por la aparición en el segundo de una granada en el escudo. La reforma tuvo lugar el 13 de junio de 1497 con la Pragmática de Medina del Campo que dice así: “...que se labre…moneda de plata que se llame reales i medios reales i quartos de reales i ochavos de reales...de la una parte nuestras armas reales y de la otra parte la divisa de el yugo de mi el Rey i la divisa de las flechas de mi la Reina...”.


Y esas son las monedas de las que supuestamente se prolonga su acuñación. Parece ilógico que piezas con el nombre de aquellos fueran acuñadas en tiempos de emperador o de su hijo Felipe II, pero hay explicaciones:
- La no aparición de múltiplos en la Pragmática. Se habla de reales, cuartos, medios y ochavos de reales pero no de 2, 4 u 8 reales, por lo que las piezas múltiplos serían posteriores a ese periodo.
- Las monedas a nombre de Carlos I son escasísimas
- Brevedad del reinado de Felipe “el Hermoso” y Doña Juana que les impidiese acuñar, y después Carlos I absorbido por viajes y los problemas del principio del reinado
- Al acreditarse el oro y la plata de los Reyes Católicos era aconsejable no modificarla ni siquiera en tipos y leyendas.


Hay un documento de Juan de Arfe (1535-1603) muy significativo: “....y el tiempo que vivió la Serenísima Reina Doña Juana...siempre conservó la moneda de sus padres, sin que el Cesar Carlos Quinto, su hijo, la mudase...sólo en Indias hizo batir moneda con las columnas de Hércules...”. Todo lleva a concluir que las acuñaciones a nombre de los Reyes Católicos se prolongaron con Juana la Loca, con Carlos I e incluso con Felipe II, ¡bisnieto éste de aquéllos¡
La citada Pragmática indica también que la leyenda sería “... Fernandus e Elisabet Rex e Regina Castelle e Legionis e Aragonum e Cecilie e Granate o de lo que ello cupiere”, conscientes de la dificultad de incluir tantas palabras en tan poco espacio. Ya podemos entender que el “DE” es el inicio del Dei Gratia, que a Castelle le falte una “L”, y a Legionis le falte “IS”, y que falte completo Aragonum, Cecilie y Granate.


Otro detalle importante es hacer notar que el tipo de la letra que se emplea en esta moneda es “latino” (ya dentro del Renacimiento) caracterizado por letras mayúsculas esbeltas y de líneas puras similares a las actuales de imprenta, y por tanto no se corresponde con el tipo “gótico” contemporáneo de los Reyes Católicos, en este caso con grafías regordetas, grosores oscilantes y abundantes curvas. Ese cambio estilístico se produce en torno a 1525 (reina Carlos I). Por estos motivos esta moneda no sería fechable antes de 1525.


Y por otro lado, en el reverso, junto al yugo, aparece una “P” tumbada que siempre se ha considerado como una marca de la ceca de Sevilla. Investigaciones más recientes llegan a la conclusión de que no es una P sino una “D” cuadrada. Es la inicial del ensayador, Melchor Damián, que es el primer ensayador cuando se pone en funcionamiento la nueva Casa de Moneda de Sevilla en 1587. Damián murió el 5 de Agosto de 1590. Pues ya tenemos la horquilla en la que nos movemos: la fecha de acuñación posiblemente estaría entre 1525 y 1587 y mucho más próxima a la segunda (Carlos I o Felipe II) si la moneda fue batida en la antigua ceca de Sevilla, y entre 1587 y 1590 (y estamos con Felipe II) si se batió en la nueva.


Como se ve, las cosas no siempre son lo que parecen.